Caminando entre la calle y la vereda de Estados Unidos, cruzando 24 de noviembre me crucé con dos adolescentes con sus buzos canguro con el bordadito que dice: “Egresados 07”. Obviamente que yo era un adolescente que no usaba eso. Las miré y no pude dejar de secretar prejuicio de todos mis poros: “Medio bobitas”. Yo nunca me sentí un bobo, nunca fui esa persona que siempre habla de lo estúpido que era en el pasado y el contraste con lo pillo terrible que es en el momento de la declaración. Quizás es por que me estanqué o por que yo busco mis errores en paralelo a mis acciones sin ser de esos odiosos y temblorosos seres que se pasan a la duda obsesiva.
En seguida, como en las últimas semanas sentí el reloj en cuenta regresiva, el cajón cristalizado como inevitable final, la nostalgia de que se me caiga el pelo y la necesidad de un balance. Los contadores solo corren en los balances, yo en cambio me quedo perplejo con aumento del pestañeo. Dudo que poner como ganancias de vida, y por un momento me siento en la demolición programada de un edificio, aturdido por el sonido de la explosión sin poder sacar conclusiones ni enseñanzas.
Un bosquejo en una servilletita mojada cerebral pude esbozar. Algo como explosión idealista, personalista y de autoconfianza en la etapa universitaria. Un encuentro con los limites humanos –y los míos- al compás de los latidos apagándose, del choque de los párpados, y el llanto de los familiares de unos humanos cianóticos. Y ahora el encuentro con la práctica de la construcción permanente, de revalidar las cosas, y ya no en teoría, ahora en el campo de batalla.
Si ya sé,
eso de la vida y el aprendizaje es otra pavada como la de Dios.
Igual vale la pena.